Café con Jorge

Todas las mañanas, desde hace un mes, remojo mis ganas de ti en una tacita de café, su sabor dulzón calma un poco la sed que tengo de tus besos.

Desde hace un mes, a las cuatro de la tarde, remojo mi mente en otra tacita de café, me motiva a refrescar tu recuerdo, a sentirte cerca, aunque sea a través de un suspiro.

Desde hace un mes, percibo tu olor a partir de mi tacita de café nocturno, has dejado tantas huellas de ese olor en mi piel, que te respiro en la noche de terciopelo azul, como un sueño cálido y hermoso.

Un mes en el que viajo a través de tus ojos, en el que vivo, respiro y sueño tus cejas perfectas, tus manos, tú todo tú; en el que vivo, respiro y sueño tu aroma a madera y vainilla, a frescura y amor…en el que no dejo de pensar que esas tazas de café evocarán lo mejor de ti y lo mejor de mi.

Porcelana tree

El breve instante en el que nace el amor.

Dejando granitos de arena en tu mar…

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El retorno a la inocencia.

Despiertas en un día común, después de un sueño cotidiano, te levantas como un autómata, con la desgana propia de la rutina, por lo que le gruñes al destino, te preguntas cómo es posible que te haga salir de la cama en un momento tan incómodo del día. Abres la regadera, deseando que la vigilia no hubiera llegado nunca, te lavas el cuerpo como si nada significara tocarte, estás absorto en un pensamiento sin importancia, así que dejas de prestarle atención a los detalles…cerrar los ojos a la vida.

Vas a la calle a cumplir con el estándar social, sonríes y saludas a las personas sin nombre, platicas monotonía, te agotas, te agotan, sonríes nuevamente con la destreza y prestidigitación de quien mágicamente cambia de un humor a otro, intercambiando las máscaras que trae guardadas en su maletín de piel.

Con el hartazgo propio de un día hábil -y de un reloj que marca el tiempo lentamente- vas a casa, pretendes socializar con quien aparece en tu camino hacia tu habitación, pero tu yo interior sólo piensa en tumbarte en el sillón a mirar una televisión que habla un lenguaje que sólo tú conoces y que te hace reír estúpidamente. Te evades de una realidad que poco conoces y que nada importa, te enfocas en los colores de tu caja favorita y en tu teléfono inteligente que ahora toma tus decisiones y te impide volver a ser un humano normal…desapego, humano nunca más humano.

Al siguiente día todo es igual, te levantas, abres la regadera, abres la boca para comer algún alimento que te entretenga hasta la siguiente vez, sales a la calle mil veces transitada, hacia un trabajo que –dices- enaltece tu espíritu; pero hoy no habrá función vespertina, pues la vida te tiene preparado un evento trágico y temperamental…el sin sentir de la muerte te roza la piel, te atraviesa la sangre, te hiela los huesos, te jala a regañadientes hacia un rumbo que imprime terror en tu rostro; un rumbo del que quizás  no regresarás…hay fuego a tu alrededor, las cenizas te cubren los párpados y te polvean la nariz; miras a esa muerte de frente y adviertes que eres un muñeco de sana diversión…te aplaude la función de hoy, te arrastra hacia tus deseos, te ilumina, te hunde en una oscuridad que te atemoriza, lloras en silencio tu nueva realidad dolorosa, cómo duele morir, cómo duele crecer…reconstrucción.

Abres los ojos, todo parece un sueño recién levantado, más allá de la vorágine que te atrapó durante semanas que parecieron interminables, los colores son tan luminosos que te cortan la respiración, el sol penetra por las paredes, se filtra por tus dedos, trozos de cielo caen junto a ti como algodones de azúcar, tocas por primera vez tu ser, floreciente…encarnado, te mueves lentamente, sintiendo cada función de esa maquinaria perfecta, observas cada detalle de un mundo que acaba descubrir…las caricias renovadas, los besos de terciopelo rojo que te susurran al oído, los te quieros de papel de china, las risas de la vendedora de flores, el llanto de un corazón roto, el mundo que te abraza, las gotas de la lluvia que te lloran agradecidas, todo despierta en ti un fuego invisible que te reconforta y te alimenta.

Comienzas a tomar decisiones sin pensar, con sentir, con una pasión que ama y que escucha lo que dice una voz que genera ecos en tus venas,  que habla con melancolía, que te grita esperanza, que grita dulces palabras nunca antes pronunciadas, es casi como un tambor que emite canciones de guerra.  Te arrojas a un mar salvaje de ideas y sentimientos, quieres salir renovado de esa lucha interior…derrumbar paredes.

Te piensas fugaz, pero de un espíritu inmanente que será eterno, entonas una nueva canción de combate, te embarcas en un viaje sin fin entre las mil puertas que se abren para ti, el tiempo ya no está en un reloj de arena movediza, todo ha cobrado sentido y puedes observar la belleza de un todo que te rodea, que ya no te asfixia…horizontes.

La rutina ya no te aletarga, sino que te enseña, has aprendido a amar esa cotidianeidad que te maravilla en cada parpadeo, las cosas nunca son iguales para el que aprende a mirar…

Lisboa, la belleza hecha melancolía

181506_10150092377594213_5443122_n¿Escuchas la suavidad de ese río? Es aquél que se mece al compás de tu cuerpo, que duerme con el calor de un día de verano y va dejando murmullos en las noches de luna llena. ¿Sientes esa brisa melancólica? Se te enreda en tu melena alborotada, en tus dedos, te deja vestigios de vidas pasadas en la piel, te hace sonreir con esa frescura que llega en un momento inesperado y glorioso. Esta serie de sensaciones se combinan con un fado que se canta en el rincón de un bar, hay una voz que llora historias viejas de Lisboa, corta el tiempo con algunas tragedias vividas, observas cómo corren lágrimas por los ojos de los transeúntes, no hay una sola sombra que deje de conmoverse al pasar por el barrio aquel. Quisiera que esa voz te susurrara al oído mientras sueñas despierta con ese amor desnudo, con ese amor perdido en un barco que viajó errante rumbo a Madeira.

Demos un último suspiro para que corramos por las escalinatas hacia el Castillo de San Jorge, esa fortificación medieval que se vislumbra grandiosa a lo alto de la ciudad, no dejes de mirar estas calles antiguas, no dejes de comprar hachís, no olvides comprar unas nueces, todo para hacernos el camino fácil y vivaz, sé que vamos del llanto a las risas, pero así se nos presenta la Lisboa de mis amores, tan colorida y sentimental; admira este cielo infinito y esas pequeñas casas salpicadas de techos rojos, es ahora cuando quisiera que el tiempo se detuviera para dejarnos vivir este encuentro con Dios mismo hecho piedra e historia.

180033_10150092393459213_7012433_nYa no hay tiempo que perder, vamos a enamorarnos de la tarde a Belém, subamos a ese tranvía y contemplemos los arcoiris convertidos en fuentes, el Monasterio de los Jerónimos de un blanco resplandeciente, en el que Fernando Pessoa espera inerte nuestra visita, para recordarnos ese poema que nos hará sentirnos desconsolados por unas horas “¿Cuándo pasará este drama sin teatro o este teatro sin drama y me acogeré a casa?”; parece tan irreal toda esta belleza luminosa, sólo falta comernos unos pasteles de nata para llegar al climax de este momento tan puro.  Hagamos una larga caminata por el río, vamos a mirar a los pescadores andariegos que van y vienen del Padrao dos Descobrimentos hacia la Torre del Belém. ¿Te gustaría sentarte a la orilla y dejar que el tiempo vuele hasta que las estrellas tomen su turno en la bóveda celeste? Me encanta la idea de sólo mirarnos y no pensar en el porvenir…

…¿Dormiste bien después de ese manjar dulzón y esa tarde de reposo? Tomemos el tren que nos llevará a Sintra, hoy el cielo está de un gris lluvioso, seguro nos dará muchas sorpresas tibias esta tarde, anda, anda, dejemos el paragüas para otro día, hoy quiero que mis sentidos perciban la vida sin intermediarios… Parece que estamos llegando, hay niebla muy espesa alrededor de este pueblo pintoresco, subamos al autobús que nos llevará al  Castelo dos Mouros, esta fortificación es más impresionante que el Castillo de San Jorge, el viento es tan fuerte que nos puede arrojar hacia el precipicio, hagamos hasta lo imposible por recorrer cada rincón, llévate la mejor impresión de este fantasmagórico lugar, en el cual seguramente se libraron muchas batallas y se perdieron muchas vidas.

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Déjame caminar solo hacia el Palacio Nacional de Pena, necesito un poco del silencio del bosque, sé que pronto será el final de nuestro camino, te pido que observes cuidadosamente los detalles del palacio, hay un monstruo que duerme en la entrada, ya lo verás, es el guardián de la zona, se puede percibir su maldad; estos lugares siempre son suntuosos, nada vuelve a ser igual después de mirar su magia, de oler esta riqueza, de sentir el linaje que corre por las venas azules de los que aquí habitaron, sé que estás satisfecha por haber venido hasta este recóndito lugar.

…Vamos a despedirnos con una comida en esa taberna, comamos el platillo tradicional de bacalao con un poco de pan y bebamos unas copas de vino, ya no hay más fado, ni más Lisboa, hoy nos decimos adiós, recuérdame mañana con un hasta nunca, qué placer…

Turquía, la calidez musulmana

Los hombres que condenan es porque no comprenden…”1

Son las 3:00 de la mañana del 22 de julio del 2012, el jet lag me tiene atormentada, quisiera volver a conciliar el sueño, pero este se empeña en dormir 24 horas continuas en el cuarto contiguo del hotel ubicado en el barrio ruso de Estambul, escucho el ruido del comercio ya despierto, de pronto se oye un sonido cristalino en los altavoces de la mezquita cercana, es una voz leyendo el Corán, no sé lo que dice, pero se escucha tan solemne, tan puro, es como si el pétalo de una flor acariciara mi corazón herido, así que decido prestar atención a los sonidos que me reconfortan y dejar que la vigilia siga su curso hasta que tenga que salir de este encierro.

Cuatro horas después, con una sandía iluminada en mi estómago, salgo al paseo imperdible de la Mezquita Azul, Santa Sofía y el Palacio de Topkapi, el arte con el que se desarrolló la arquitectura en estos sitios de culto me tiene con un nudo en la garganta, tanta belleza acompañada de historia, de religión y cultura, es imposible descifrar cada mensaje en las paredes, pero lo que sí se advierte es la perfección y la armonía, siempre buscando acercar al espíritu humano con Dios.

Luego de una ola de conocimientos turcos, de vivir el calor de 40° grados a la sombra y mirar las joyas del Sultán consistentes en un cuchillo con esmeraldas, un diamante de 85 kilates y unos candelabros de 25 kg de peso en oro, entre otras reliquias suntuosas, decido caminar hacia lo mundano, quiero cruzar en barco el Bósforo para vivir la experiencia de estar en 2 continentes al mismo tiempo, ya me voy dando cuenta que no se siente la gran cosa; pero el paseo resulta refrescante, se pueden admirar palacios y algunas casas muy estilizadas en la orilla de un mar apacible, gente pescando, otra tomando un poco de sol con una bebida en la mano, decido sentarme a admirar a los turistas y lugareños compañeros de barco; mientras ellos platican entre el sonido del motor, yo disfrutó del viento en el rostro y bebo un poco de té de manzana dulce, así se reduce un poquito el veneno citadino que me acompaña en los viajes…

23 de julio. Estoy lista para embarcarme en una semana de aventuras entre las diferentes civilizaciones que vivieron en estas tierras mágicas y fértiles, cruzo las regiones habitadas por los Ititas, los Frigios, los Selyúcidas, territorios una vez ocupados por el enemigo, ahora libres gracias a su líder Mustafa Kemal Atatürk, me fascino especialmente por la volcánica región de Capadocia, vuelo por su territorio a bordo de un globo aerostático, entre sueños me encuentro en el Valle de la Imaginación, el Valle de las Hadas, el Valle del amor, que me hacen pensar en cuanta belleza puede provocar un desastre natural y cuanto se puede aprovechar de una trágica situación formando ciudades subterráneas, monasterios y castillos, sólo la naturaleza puede dar esa protección y ese don.

Sigo mi recorrido hacia Konya, en donde está ubicado el Mausoleo de Mevlana, quien fue un poeta y filósofo que fundó la secta mística y religiosa de los Derviches Danzantes, me conmueve el pensamiento de ese hombre que vivía en la paz, la armonía y el amor a Dios, no puedo evitar suspirar y darme cuenta que nos hacen falta hombres como él en una actualidad carente de espiritualidad y plagada de tecnología, Mevlana exaltaba el amor, ya que -según decía- si alguien ama a otra persona también se ama a sí mismo, a la humanidad y a Dios…nuestro amor a Dios ha muerto, nuestro amor al prójimo está caduco…

…Suspiros y reflexiones voy dejando en el camino de Konya a Pamukkale, regreso a la realidad cuando escucho que es hora de bajar del autobús para comer un poco más de carne de ternera y cordero, otro tanto más de sopa de lentejas y unos bocaditos de miel con almendra, minutos después me dirijo hacia territorio romano, parece que es cierta la frase de “todos los caminos llevan a Roma”, el camino conduce a una Necropolis bañada en aguas termales y a la restaurada Éfeso, con sus calles de mármol y su biblioteca aun de pie, me genera una emoción similar a la vivida en Italia; sin embargo, esta vez no puedo evitar pensar en toda esa gloria convertida en ruinas, en el esplendor roto cubierto de polvo.

 

29 de julio.- Estoy de regreso en Estambul, estoy sentada en la plaza principal disfrutando del sol de la tarde, tengo la sensación de haber vivido mucho tiempo aquí, ya me siento parte de este todo, sólo el Ramadan hace que me arrepienta de vivir una vida musulmana, admiro a toda esta gente bella que me cobijó durante días, que me alimentó y caminó a mi lado, no veo el odio, ni la tristeza de las mujeres por estar cubiertas del cuerpo, sólo observo personas disciplinadas y comprometidas con su día a día, con sonrisas puestas alrededor de la comida lista para servirse después de la oración que vendrá con el ocaso.

Nunca imaginé en encontrar un Turquía tan lleno de vida y modernidad, tan distinto al otro mundo musulmán que conocí hace tiempo, no quiero cerrar los ojos ante tanto esplendor; quiero llevarme estos rezos, este arte, estos paisajes lunares, esta sangre nueva en las venas que me alimenten hasta el próximo viaje, quiero entender sus costumbres nada occidentales y que ese aprendizaje me lleve a no condenar, sino a mirar la realidad con nuevos ojos.

 

1 El Corán.

 

 

Caramelos para la niña interior

Tengo un puñado de caramelos en la mano, quisiera comerme sólo los rojos, reservar los morados para más tarde, sin lugar a dudas esos me gustan mucho más porque tienen un sabor agridulce que me provoca cosquillas en la lengua. Recuerdo que en mi infancia solía correr con los de la pandilla a la tienda de Doña Lupe, quien tenía toda una gama de dulces y chocolates para elegir. A mi niña interior le gustaba comerse una jicama con chile y limón, después disfrutábamos de un bocado grande de delicias multicolor.

…Mi niña interior y yo fuimos muy felices corriendo por las calles de la colonia, jugábamos al “bote pateado”, a las “escondidillas”, a las “coleadas”, nos subíamos a las bardas, saltábamos por las alturas sin ningún miedo a rompernos un hueso o regresar con las rodillas o la cara raspada; siempre fuimos las más rápidas del oeste, no le dábamos tregua a ningún niño, era como sentirnos reinas en tierra de ciegos;  las vacaciones eran los mejores momentos del año, retozábamos por el bosque y los ríos de un pueblito muy pintoresco, comíamos manjares dignos de reyes, cazábamos insectos, volábamos con ellos, inventábamos historias a cada paso, hacíamos cuevas en la tierra que eran nuestros palacios y nuestra guarida…

Cuando entramos a la secundaria sufrimos un cambio interesante, nos gustaba sentarnos en el sol a leer poesía de Xavier Villaurrutia mientras Janis Joplin cantaba Summertime, no era algo pretencioso, sólo eramos un par de locas que amábamos la “Nostalgia de la Muerte”, usábamos falda y huaraches, jugábamos a ser intelectuales. Ya no nos juntábamos con niños, los roles para ese entonces ya estaban claramente definidos, nos reuníamos con un grupo de chicas que no tenían sólo el cabello rebelde, sino las ideas revueltas y revolucionarias; una vez organizamos una marcha, repartimos volantes, a algunas las detuvo la policía; fuimos felices a nuestro modo, muchas veces en el caos y los conflictos que representaba la adolescencia. Mi niña interior se complacía de mi nueva etapa creativa, pintábamos paisajes, escribíamos versos de la vida, sin saber que mucho tiempo después esa vida nos pasaría una factura que valía la pena pagar aun con su alto costo, parece que crecíamos con pasos gigantes, pero no importó, teníamos mucha hambre de aprendizaje…

Así siguieron pasando los años, nuestras mentes creativas seguían su curso, la música corría por nuestras venas, la pasión por los libros cada vez era mayor, a ella le gustaba comerse la literatura a grandes mordidas, a mi me gustaba llorar con las películas de la cineteca, a ambas nos gustaba el cine mudo acompañado de un piano teatral; pero un día…sin darme cuenta…una nube gris se posó entre mi niña y yo, ella prefirió esconderse en un rincón muy remoto de la casa, tenía miedo de los pasos que yo seguía dando sin detenerme, sin mirar atrás, yo sabía que mis decisiones nos alejaban, no lo quise pensar, preferí crecer sin volverla a escuchar…

Ella se volvió tan diminuta que ya no nos veíamos a la cara, me veía estudiar, ir a trabajar, dormir-trabajar-dormir-trabajar-dormir, tic-tac-tic-tac…quería jugar, pero ya no veíamos las cosas de la misma manera, ni de la misma magnitud; mi creatividad se redujo a leer los libros de la profesión que elegí, así como unos cuantos más que me recomendaban algunos amigos, ahora todos jugábamos a ser adultos, ya no había tiempo para matar el tiempo, ni para sentir el sol, bailar en la lluvia, sentir el viento en el cuerpo, nadar en el río, tirarnos en el pasto y al mismo tiempo comer una paleta helada de limón…hasta que un día me miré al espejo y me sentí gris, del mismo color de la nube que nos separó, supe cuánto había dejado atrás y cuánto quería retomar de esos momentos que pasamos juntas, nuestras risas y nuestras charlas que todo lo resolvían sin tanto empacho.

La miré en su rinconcito, se parecía a la muñeca fea de la canción triste de Cri-Cri, la desempolvé, la puse guapa, le coloqué el moño rosa que tanto le gustaba y que siempre le prohibí, le pedí perdón, nos abrazamos como nunca, con la promesa de nunca más olvidarnos en esta monotonía de lo cotidiano.

COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO Y EL QUE NO SE PARE, SE QUEDA PEGADO :D

Voto de silencio espiritual

Es cansado acallar las voces internas que nos acompañan a cada paso, requiere profundizar en el ser y entender qué es lo que se busca para no extraviarse en las entrañas o las telarañas que la mente ha generado con el paso de los años.

El fin de semana anterior prendi una veladora para no perderme en ese camino, llevaba días enteros con una inundación interior que no me permitía acercarme a la entrada de mi laberinto, por causalidad ese día dejo de llover y a cambio, me fueron obsequiados 2 días de aridez y amargura, con los que la vida pretendía poner a prueba mi equilibrio.
El primer día toque a tu puerta gritando auxilio, sabía que era una súplica desesperada que pocas personas suelen atender, pero veía en ti el cobijo necesario para lograr que mi luz no se apagara. La madre tierra me protegió de inmediato, a base de oscuridad medicinal y piedras calientes, no sólo me dejo gritar y llorar, sino también cantarle al oído y suplicar su perdón, tanto daño causado, tantas penas ahogadas en el río, tanto desamor…
La desintoxicación era un proceso necesario, el veneno diario hace que la piel se ponga verdosa, así que una vez que tome el color de la naturaleza pude probar con todos mis sentidos las mieles de la vida, el arroz y las tortitas de plátano no sirvieron únicamente para saciar el apetito, instinto básico, sino que fueron un remanso, flores de colores y sabores para el espíritu, sabía que con ello me preparabas para la siguiente prueba, se necesita un estómago bien alimentado para no desfallecer en el intento de sanar.
Y llego la noche, no era como cualquiera otra, pues la tormenta no permitía ver las estrellas, pero sí una luna gigante anaranjada que sería testigo del fuego al que todos nos entregaríamos, ese fuego que quema lo negativo y nos permite fluir con la vida. En ese momento supe la importancia de mi vida, la integración que debía existir entre el ser y la realidad, no buena, no mala, sólo una realidad neutra que nos hace vivos y palpables ante el mundo.
En el día dos ya no sentía tanta aridez, la amargura se había endulzado con el té y el pan con miel de menta que nos ofreciste con un corazón sincero, tuve que adentrarme un poco mas en ese laberinto, tenía miedo de no salir…las palabras del grupo me ayudaron, las promesas no cumplidas quemaron como un trago de cianuro, pero era necesario saber que esa noche iba a poder dormir sin los demonios del insomnio, se fue la culpa, se fue la tristeza y la esperanza vino acompañada de los rayos de un atardecer que me confortaron y me hicieron saber que aun quedan muchas guerras, pero también infinidad de cielos que mirar.

Si el deseo tuviera tu nombre.

Tenía la sensación de haberte visto en un sueño erótico, de esos en los que te despiertas con olor a dulce y sexo reposado, esa mirada me recordaba cuan intensa había sido tu piel en la curvatura de mi cuerpo; sin embargo, tu cercanía real era mejor que ese oscuro recuerdo.

Te vi caminando por la calle sin nombre, estabas vestido con ese traje que me dejaba adivinar tus brazos fuertes, tu espalda perfecta, tus nalgas listas para mi violencia…Desde ese momento comence a desearte sórdidamente, estuve días con fiebre soñándote nuevamente en mi piel, pensándote en mis labios, acariciándote en mis piernas, sin saber cuál era esa táctica y estrategia de la que habla Benedetti para que vinieras a mi con una correspondencia concupiscente. Se encendió dentro de mi un calor abrasador que me consumía sólo de saberte cerca, sin duda mi cuerpo respondía ante tu presencia y quería quemarte, adorarte, tocarte por dentro, sentirte por fuera…

Lo supiste desde siempre, lo que te llevó a urdir ese plan que aun hoy me trae memorias incandescentes. Ese día subimos juntos al elevador, te acercaste tanto que podía escuchar la sangre corriendo por todas las venas de tu cuerpo, vi tu mirada brillar a través de mis ojos y sonreiste. Mi corazón latía apresuradamente, quería llegar hasta ti antes de arrancarte a mordidas ese pantalón ajustado, pero tú me acorralaste con tus brazos y  colocaste tu boca en la mía, tu lengua recorría mis comisuras, sentía tu humedad, tus dientes mordiendo mi lengua, tocando cada rincón, cualquier sensación que hubiese pensado no se comparaba con este mar. Tus manos y boca se dibujaron en cada parte de mi cuerpo, no sabía si alguien nos veía, pero eso me excitaba aun más, me incitaba a seguir con esta quema de emociones y deseos…

Una voz nos detuvo, así que decidimos guardar el descaro y continuar después, finalmente el  juego habia comenzado, podíamos hacer un recorrido sexual por cada rincón de este lugar hasta saciar el instinto voraz que me arañaba por dentro con cada paso, cada mirada, cada palabra…

“Germania” y sus dudas

Recuerdo mis viajes y los lugares ahora conocidos, dignos de mención cada uno por sus peculiaridades, pero hoy me centraré en Berlín y Munich, la Alemania que siempre quise visitar y que se abrió a mis ojos en todo su esplendor. Estas urbes presentan una dinámica distinta al resto de muchas ciudades europeas, tal vez ello se relaciona con el hecho de la destrucción de Alemania en las dos guerras mundiales de las que ha sido protagonista,  de las que ha resurgido de entre las cenizas para ser hoy una de las potencias mundiales, lo que nos permite ver su fuerza, su tenacidad y su hambre de vida; la baviera se alza en una de sus regiones, imponente, ególatra, con un ligero aire de superioridad; Berlín se viste moderna por un lado e industrial por el otro, en cada poro de sus calles se respira el holocausto, como recordatorio de los horrores que somos capaces de recorrer los seres humanos.

…Estoy en Munich, después de un largo trayecto desde Praga, es un bello lugar en el que se aprecia un respiro con olor a universidad y cultura, el edificio del Ayuntamiento de un estilo neogótico nos habla de su riqueza, un edificio imponente y sublime con figurillas que representan, al son de música típica de la región, eventos importantes ocurridos en su historia y qué decir de los restaurantes enclavados en las cervezas alemanas, se inundan las plazas y callejones de Augustiner, Paulaner, Franziskaner, que servidas en tarros guardados celosamente y acompañadas de un buen trozo de cerdo nos hacen pensar en tabernas medievales, la máquina del tiempo está presente en cada bocado, en cada trago de cerveza dunkel, en los hombres y mujeres vestidos con sus trajes tradicionales.

…Cerca de Munich me acercó a Dachau, uno de los campos de concentración más importante durante la Segunda Guerra Mundial, respiro el frío, la desolación, la tristeza de sus cimientos, el malestar de sus letreros aun vivos “No fumar” “El trabajo nos hace libres”. Escucho y veo historias de hombres y mujeres judíos, gitanos, homosexuales, cuya humanidad fue ridiculizada, vapuleada, mancillada por soldados que posan con sonrisas vacías para las cámaras, la crueldad de la guerra aun vive en el lugar, encapsulada en el único dormitorio que queda de pie. Mis pesadillas se vuelven niñas a comparación de las historias que ahí se narran; los que no vivimos en la época tendemos a olvidar o minimizar el pasado, lo ignoramos; pero aquí es imposible no mirar, no sentir, no oler el miedo, Dachau está presente para que Alemania no olvide, para que viva con dudas acerca de iniciar nuevamente un poderío ario. Me duelen los huesos del frío, qué habrá sido de ellas y ellos que trabajaban casi descalzos y en harapos, me voy desolada…de regreso a la ciudad, la vida no se mira igual.

…Dos días después voy de ride hacia Berlín, el camino se hace ameno escuchando a cinco alemanes hablando su lengua natal, de la que sólo conozco tres palabras, no tengo más remedio que soñar con ver lo poco que queda del muro y las historias de la guerra.

Berlín no sólo representa la modernidad, con su TV Tower y el Sony Center, sino la historia misma vista en la Brandenburger Tor, el monumento negro del holocausto (denominación propia) y lo que queda del muro, dispersos en una ciudad perfecta, creativa y funcional. Tal como Dachau, Berlín recuerda sus episodios cruentos, memorias que perduran, que se llevan marcadas en la frente. No significa que su gente sea gris y que viva atemorizada y mártir de su tragedia; pero sí es patente el sentimiento común de no volver, de no mirar atrás.

Nosotros los turistas vemos el muro de Berlín como un grafiti  representativo de la libertad, no obstante, olvidamos la historia detrás, la desesperación, el haber pagado caro el exterminio; los archivos nos cuentan cómo vivían los alemanes dominados por los vencedores de la guerra, las diferencias de haber estado separados en dos esferas de concreto, la lucha por sobrevivir, la curiosidad de saber lo que había del otro lado. Sin lugar a dudas, Alemania también sufrió la guerra, a su manera, estoicamente los inocentes, sin remedio los culpables.

Los extranjeros vamos y venimos de estas tierras pensando en lo bonita que quedó la foto en la pared pintada como el album The Wall, pero los alemanes que sí son conscientes de si mismos y de sus antepasados, viven todos los días con sus recuerdos, el camino a la escuela los llevará por el monumento negro, por la nueva Sinagoga, por el Checkpoint Charlie o algún otro que siempre traerá al presente las atrocidades de Hitler, el dolor y la división.

 

Marruecos, tierra de colores mágicos.

Marruecos tiene ese fulgor que ilumina a las estrellas que pasan por su cielo, esa magia que despierta a cualquier ilusionista, ese sabor que te hace pensar en placeres y en menesteres inacabados por el deseo de caminar por sus calles sin parar ni un segundo.

Marrakesh, fresco como el comercio que ronda por sus calles, despierta cada mañana con el paso de los turistas ávidos de compras, las telas, los aceites rejuvenecedores, las lámparas de la suerte, las telas de colores vivos como la piel misma; el rezo comienza y es momento de detenerse a pensar un poco en religión, mientras se escucha el rugido de las pequeñas motos por toda la plaza, me gusta caminar por el Jeema el Fna mientras los monos bailan al compás de una música vieja, descompuesta, llenando de dinero y de carteras a sus dueños; mientras las serpientes, sonámbulas, provocan que los corazones palpiten a mil por hora, como si el corazón fuera el que dictara cuantos minutos deben quedar inmóviles, ”muertas por dentro pero de pie como un árbol”. Nada se compara con los comerciantes de Marrakesh, hombres que parecen sabios a los ojos de los turistas, que conocen cuál es el objetivo de su vida: vender su alma al diablo si alcanza el precio, sin regateos, 1000 dirhams, 5000 dirhams, 30,000 dirhams, qué mas da el precio si el dinero servirá para comprar unos cuantos panes, couscous y pichón para la pastilla.

Quiero ponerme un tatuaje con aquellas mujeres que están cruzando la plaza, que me pinten los pies y las manos por un bajo costo y yo andaré repleta de flores y de vida, quiero también que me pinten el abdomen, para que cuando llegue la noche alguien descubra que la magia no sólo vive en las calles, sino también en mi habitación…

Quiero seguir conociendo estos sabores, experimentando estos aromas, por lo que me encamino a otros rumbos aunque todo este viaje no tenga fin, aunque me encuentre ladrones en el camino a Meknes, aun cuando me pretendan secuestrar con el señuelo del hospedaje y comida dignos de mi, quiero que todo este resplandor vibre en mi cuerpo, así que recorro Marrakesh, Essaouira, Fes, Meknes, Ifrane con la ilusión de abrir mis ojos a un mundo nuevo, donde no soy yo sino María José la que recorre las calles, a la que le venden comida y vestido, la que usa turbante y camina devorando todo este camino salvaje a su paso.

Quiero ver las luces en la noche, el ruido de la música que sale del pavimento, la gente en la plaza apostando en los juegos de azar rudimentarios, los hombres bailando con trajes de mujer (porque ellas tienen prohibido bailar), el humo de los locales de comida, el grito incesante de los vendedores, la oscuridad de la Medina, la amabilidad en las sonrisas, el pan partido para todos, las gaviotas de Essaouira y las olas gigantes golpeando contra las rocas, los bosques y las montañas de Ifrane…

Marruecos es, sin lugar a dudas, un lugar que conquista, un sitio que seduce e hipnotiza, una calidez que reconforta y que te guia para el siguiente viaje, la próxima aventura por el desierto no transitado…Hasta pronto, volveré…

 

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