Marruecos, tierra de colores mágicos.

Marruecos tiene ese fulgor que ilumina a las estrellas que pasan por su cielo, esa magia que despierta a cualquier ilusionista, ese sabor que te hace pensar en placeres y en menesteres inacabados por el deseo de caminar por sus calles sin parar ni un segundo.

Marrakesh, fresco como el comercio que ronda por sus calles, despierta cada mañana con el paso de los turistas ávidos de compras, las telas, los aceites rejuvenecedores, las lámparas de la suerte, las telas de colores vivos como la piel misma; el rezo comienza y es momento de detenerse a pensar un poco en religión, mientras se escucha el rugido de las pequeñas motos por toda la plaza, me gusta caminar por el Jeema el Fna mientras los monos bailan al compás de una música vieja, descompuesta, llenando de dinero y de carteras a sus dueños; mientras las serpientes, sonámbulas, provocan que los corazones palpiten a mil por hora, como si el corazón fuera el que dictara cuantos minutos deben quedar inmóviles, “muertas por dentro pero de pie como un árbol”. Nada se compara con los comerciantes de Marrakesh, hombres que parecen sabios a los ojos de los turistas, que conocen cuál es el objetivo de su vida: vender su alma al diablo si alcanza el precio, sin regateos, 1000 dirhams, 5000 dirhams, 30,000 dirhams, qué mas da el precio si el dinero servirá para comprar unos cuantos panes, couscous y pichón para la pastilla.

Quiero ponerme un tatuaje con aquellas mujeres que están cruzando la plaza, que me pinten los pies y las manos por un bajo costo y yo andaré repleta de flores y de vida, quiero también que me pinten el abdomen, para que cuando llegue la noche alguien descubra que la magia no sólo vive en las calles, sino también en mi habitación…

Quiero seguir conociendo estos sabores, experimentando estos aromas, por lo que me encamino a otros rumbos aunque todo este viaje no tenga fin, aunque me encuentre ladrones en el camino a Meknes, aun cuando me pretendan secuestrar con el señuelo del hospedaje y comida dignos de mi, quiero que todo este resplandor vibre en mi cuerpo, así que recorro Marrakesh, Essaouira, Fes, Meknes, Ifrane con la ilusión de abrir mis ojos a un mundo nuevo, donde no soy yo sino María José la que recorre las calles, a la que le venden comida y vestido, la que usa turbante y camina devorando todo este camino salvaje a su paso.

Quiero ver las luces en la noche, el ruido de la música que sale del pavimento, la gente en la plaza apostando en los juegos de azar rudimentarios, los hombres bailando con trajes de mujer (porque ellas tienen prohibido bailar), el humo de los locales de comida, el grito incesante de los vendedores, la oscuridad de la Medina, la amabilidad en las sonrisas, el pan partido para todos, las gaviotas de Essaouira y las olas gigantes golpeando contra las rocas, los bosques y las montañas de Ifrane…

Marruecos es, sin lugar a dudas, un lugar que conquista, un sitio que seduce e hipnotiza, una calidez que reconforta y que te guia para el siguiente viaje, la próxima aventura por el desierto no transitado…Hasta pronto, volveré…

 

Esta entrada se publicó el diciembre 17, 2011 en 2:05 am y se archivó dentro de Diario de los Viajes. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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