Turquía, la calidez musulmana

Los hombres que condenan es porque no comprenden…”1

Son las 3:00 de la mañana del 22 de julio del 2012, el jet lag me tiene atormentada, quisiera volver a conciliar el sueño, pero este se empeña en dormir 24 horas continuas en el cuarto contiguo del hotel ubicado en el barrio ruso de Estambul, escucho el ruido del comercio ya despierto, de pronto se oye un sonido cristalino en los altavoces de la mezquita cercana, es una voz leyendo el Corán, no sé lo que dice, pero se escucha tan solemne, tan puro, es como si el pétalo de una flor acariciara mi corazón herido, así que decido prestar atención a los sonidos que me reconfortan y dejar que la vigilia siga su curso hasta que tenga que salir de este encierro.

Cuatro horas después, con una sandía iluminada en mi estómago, salgo al paseo imperdible de la Mezquita Azul, Santa Sofía y el Palacio de Topkapi, el arte con el que se desarrolló la arquitectura en estos sitios de culto me tiene con un nudo en la garganta, tanta belleza acompañada de historia, de religión y cultura, es imposible descifrar cada mensaje en las paredes, pero lo que sí se advierte es la perfección y la armonía, siempre buscando acercar al espíritu humano con Dios.

Luego de una ola de conocimientos turcos, de vivir el calor de 40° grados a la sombra y mirar las joyas del Sultán consistentes en un cuchillo con esmeraldas, un diamante de 85 kilates y unos candelabros de 25 kg de peso en oro, entre otras reliquias suntuosas, decido caminar hacia lo mundano, quiero cruzar en barco el Bósforo para vivir la experiencia de estar en 2 continentes al mismo tiempo, ya me voy dando cuenta que no se siente la gran cosa; pero el paseo resulta refrescante, se pueden admirar palacios y algunas casas muy estilizadas en la orilla de un mar apacible, gente pescando, otra tomando un poco de sol con una bebida en la mano, decido sentarme a admirar a los turistas y lugareños compañeros de barco; mientras ellos platican entre el sonido del motor, yo disfrutó del viento en el rostro y bebo un poco de té de manzana dulce, así se reduce un poquito el veneno citadino que me acompaña en los viajes…

23 de julio. Estoy lista para embarcarme en una semana de aventuras entre las diferentes civilizaciones que vivieron en estas tierras mágicas y fértiles, cruzo las regiones habitadas por los Ititas, los Frigios, los Selyúcidas, territorios una vez ocupados por el enemigo, ahora libres gracias a su líder Mustafa Kemal Atatürk, me fascino especialmente por la volcánica región de Capadocia, vuelo por su territorio a bordo de un globo aerostático, entre sueños me encuentro en el Valle de la Imaginación, el Valle de las Hadas, el Valle del amor, que me hacen pensar en cuanta belleza puede provocar un desastre natural y cuanto se puede aprovechar de una trágica situación formando ciudades subterráneas, monasterios y castillos, sólo la naturaleza puede dar esa protección y ese don.

Sigo mi recorrido hacia Konya, en donde está ubicado el Mausoleo de Mevlana, quien fue un poeta y filósofo que fundó la secta mística y religiosa de los Derviches Danzantes, me conmueve el pensamiento de ese hombre que vivía en la paz, la armonía y el amor a Dios, no puedo evitar suspirar y darme cuenta que nos hacen falta hombres como él en una actualidad carente de espiritualidad y plagada de tecnología, Mevlana exaltaba el amor, ya que -según decía- si alguien ama a otra persona también se ama a sí mismo, a la humanidad y a Dios…nuestro amor a Dios ha muerto, nuestro amor al prójimo está caduco…

…Suspiros y reflexiones voy dejando en el camino de Konya a Pamukkale, regreso a la realidad cuando escucho que es hora de bajar del autobús para comer un poco más de carne de ternera y cordero, otro tanto más de sopa de lentejas y unos bocaditos de miel con almendra, minutos después me dirijo hacia territorio romano, parece que es cierta la frase de “todos los caminos llevan a Roma”, el camino conduce a una Necropolis bañada en aguas termales y a la restaurada Éfeso, con sus calles de mármol y su biblioteca aun de pie, me genera una emoción similar a la vivida en Italia; sin embargo, esta vez no puedo evitar pensar en toda esa gloria convertida en ruinas, en el esplendor roto cubierto de polvo.

 

29 de julio.- Estoy de regreso en Estambul, estoy sentada en la plaza principal disfrutando del sol de la tarde, tengo la sensación de haber vivido mucho tiempo aquí, ya me siento parte de este todo, sólo el Ramadan hace que me arrepienta de vivir una vida musulmana, admiro a toda esta gente bella que me cobijó durante días, que me alimentó y caminó a mi lado, no veo el odio, ni la tristeza de las mujeres por estar cubiertas del cuerpo, sólo observo personas disciplinadas y comprometidas con su día a día, con sonrisas puestas alrededor de la comida lista para servirse después de la oración que vendrá con el ocaso.

Nunca imaginé en encontrar un Turquía tan lleno de vida y modernidad, tan distinto al otro mundo musulmán que conocí hace tiempo, no quiero cerrar los ojos ante tanto esplendor; quiero llevarme estos rezos, este arte, estos paisajes lunares, esta sangre nueva en las venas que me alimenten hasta el próximo viaje, quiero entender sus costumbres nada occidentales y que ese aprendizaje me lleve a no condenar, sino a mirar la realidad con nuevos ojos.

 

1 El Corán.

 

 

Esta entrada se publicó el agosto 18, 2012 en 12:33 am y se archivó dentro de Diario de los Viajes. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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