El retorno a la inocencia.

Despiertas en un día común, después de un sueño cotidiano, te levantas como un autómata, con la desgana propia de la rutina, por lo que le gruñes al destino, te preguntas cómo es posible que te haga salir de la cama en un momento tan incómodo del día. Abres la regadera, deseando que la vigilia no hubiera llegado nunca, te lavas el cuerpo como si nada significara tocarte, estás absorto en un pensamiento sin importancia, así que dejas de prestarle atención a los detalles…cerrar los ojos a la vida.

Vas a la calle a cumplir con el estándar social, sonríes y saludas a las personas sin nombre, platicas monotonía, te agotas, te agotan, sonríes nuevamente con la destreza y prestidigitación de quien mágicamente cambia de un humor a otro, intercambiando las máscaras que trae guardadas en su maletín de piel.

Con el hartazgo propio de un día hábil -y de un reloj que marca el tiempo lentamente- vas a casa, pretendes socializar con quien aparece en tu camino hacia tu habitación, pero tu yo interior sólo piensa en tumbarte en el sillón a mirar una televisión que habla un lenguaje que sólo tú conoces y que te hace reír estúpidamente. Te evades de una realidad que poco conoces y que nada importa, te enfocas en los colores de tu caja favorita y en tu teléfono inteligente que ahora toma tus decisiones y te impide volver a ser un humano normal…desapego, humano nunca más humano.

Al siguiente día todo es igual, te levantas, abres la regadera, abres la boca para comer algún alimento que te entretenga hasta la siguiente vez, sales a la calle mil veces transitada, hacia un trabajo que –dices- enaltece tu espíritu; pero hoy no habrá función vespertina, pues la vida te tiene preparado un evento trágico y temperamental…el sin sentir de la muerte te roza la piel, te atraviesa la sangre, te hiela los huesos, te jala a regañadientes hacia un rumbo que imprime terror en tu rostro; un rumbo del que quizás  no regresarás…hay fuego a tu alrededor, las cenizas te cubren los párpados y te polvean la nariz; miras a esa muerte de frente y adviertes que eres un muñeco de sana diversión…te aplaude la función de hoy, te arrastra hacia tus deseos, te ilumina, te hunde en una oscuridad que te atemoriza, lloras en silencio tu nueva realidad dolorosa, cómo duele morir, cómo duele crecer…reconstrucción.

Abres los ojos, todo parece un sueño recién levantado, más allá de la vorágine que te atrapó durante semanas que parecieron interminables, los colores son tan luminosos que te cortan la respiración, el sol penetra por las paredes, se filtra por tus dedos, trozos de cielo caen junto a ti como algodones de azúcar, tocas por primera vez tu ser, floreciente…encarnado, te mueves lentamente, sintiendo cada función de esa maquinaria perfecta, observas cada detalle de un mundo que acaba descubrir…las caricias renovadas, los besos de terciopelo rojo que te susurran al oído, los te quieros de papel de china, las risas de la vendedora de flores, el llanto de un corazón roto, el mundo que te abraza, las gotas de la lluvia que te lloran agradecidas, todo despierta en ti un fuego invisible que te reconforta y te alimenta.

Comienzas a tomar decisiones sin pensar, con sentir, con una pasión que ama y que escucha lo que dice una voz que genera ecos en tus venas,  que habla con melancolía, que te grita esperanza, que grita dulces palabras nunca antes pronunciadas, es casi como un tambor que emite canciones de guerra.  Te arrojas a un mar salvaje de ideas y sentimientos, quieres salir renovado de esa lucha interior…derrumbar paredes.

Te piensas fugaz, pero de un espíritu inmanente que será eterno, entonas una nueva canción de combate, te embarcas en un viaje sin fin entre las mil puertas que se abren para ti, el tiempo ya no está en un reloj de arena movediza, todo ha cobrado sentido y puedes observar la belleza de un todo que te rodea, que ya no te asfixia…horizontes.

La rutina ya no te aletarga, sino que te enseña, has aprendido a amar esa cotidianeidad que te maravilla en cada parpadeo, las cosas nunca son iguales para el que aprende a mirar…

Esta entrada se publicó el marzo 19, 2013 en 7:10 am y se archivó dentro de Los Diarios de la Vida. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “El retorno a la inocencia.

  1. ¡Muy bueno!

    El último párrafo me encantó.

    ¡Bravo!

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