Mil motivos para sonreir

Cuando era niña, me maravillaba del cielo sólo porque había días en que estaba tan azul, que podía comer naranjas (1) a la sombra de un árbol, mirando nubes en forma de conejos y dinosaurios; me quedaba encantada con edificios gigantes, con casas de lugares pintorescos, con las flores de los jardines, el agua de la pileta; prácticamente todo era motivo de entusiasmo, hasta los detalles más sutiles en mi barrio, por más feos e insignificantes que parecieren, merecían mi admiración y curiosidad porque representaban el despertar de mis sentidos.

Cuando se es niño, no hay palabras que alcancen a describir todo lo que los ojos miran, los colores, las formas, los aromas que llegan como predicciones del bien y del mal,  aquello que las manos tocan, que deleita o lastima, que hace reír a carcajadas o llorar, todos aquellos platillos exóticos que se prueban por primera vez, la tierra de las macetas o los bichos del jardín, aquellos sonidos que llegan a nuestros oídos para hacernos soñar, bailar o gritar. Es por ello que se inventan nuevos vocabularios, gestos, formas, diseños y seres imaginarios que puedan entender hasta la última palabra y el primer gesto.

Los niños no comprenden a los adultos, pues piensan que se complican la vida con trivialidades; no conocen a los adultos, pues éstos han dejado de SER para PERTENECER; no conviven con los adultos, saben que son aburridos, que pasan mucho tiempo con cara de enojo, además de que ya no pueden hacer piruetas y olvidaron cómo jugar sin preocuparse por perder. Los adultos no comprenden, ni conocen a los niños, los psicólogos aparecen cuando la creatividad está en su grado máximo de expresión, cuando los seres imaginarios los ayudan a entender y evitar que ellos tengan el mismo desenlace fatal…perder la esperanza y las ilusiones al crecer, casi como si pareciera un proceso natural.

No son muchos los niños que crecen felizmente, sin olvidar ese lenguaje que lo describe todo, cuyos rostros se siguen impresionando con los nuevos horizontes, con el aroma de los prados, con lo sencillo de la vida, lo espontáneo de cada momento, la frescura de la lluvia… No son muchos los adultos que se permiten caer dos o tres veces y luego levantarse con el ánimo erguido, haciendo del dolor su estandarte de victoria y olvidando la vergüenza como si no significara nada.

Lo mejor que le puede pasar a un adulto es que su niño tome algunas decisiones trascendentales de su día a día; que lo acompañe a todos lados, para que le permita sorprenderse con todas las cosas, pero con base en la experiencia y conocimientos adquiridos; que le evite sentir fracaso, dolor, pena por si mismo, odio o rencor, que le permita soñar despierto y tener siempre esperanza en el porvenir, pues para un niño, nunca hay problemas, sino oportunidades para ser feliz (2).

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(1) Frase inspirada en Andre Bretón. No crea el lector que soy presumida, sólo soy amante del surrealismo.

(2) Los niños son la fuente de inspiración de este escrito, pues he visto que aun entre sus tragedias, su pobreza o su situación personal poco afortunada, siempre tienen una sonrisa y hacen uso de su gran imaginación para seguir adelante y divertirse…a pesar de todo…

Esta entrada se publicó el julio 3, 2013 en 12:27 am y se archivó dentro de Los Diarios de la Vida. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Mil motivos para sonreir

  1. Ricardo de la Rosa en dijo:

    Este es el que más me ha gustado Pao; todo parece la pena por el amor y por los niños. Te mando un abrazo y seguimos en contacto.

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