La India. ¿Una mirada de libertad?

Un suspiro sale de mi voz, nos encaminamos a la salida del Aeropuerto Internacional Indira Gandhi en Nueva Delhi, después de tres días de viaje por Nueva York y Londres. Miro a Jorge, estoy un poco angustiada por todo lo que leí en la guía acerca de los mil engaños en los que se pueden caer en el camino al primer hotel.

Una vez afuera todo luce distinto a lo que imaginé en los cuatro años anteriores a mi llegada a esta tierra, ilusionada soñaba con un mundo místico, de oración, de meditación acerca de la importancia de las buenas acciones, libertad espiritual, el karma y la trascendencia del ser; hoy todo eso ha desaparecido, sólo reina un sopor tremendo por el calor del verano, así como el caos de la calle, gritos, automóviles vibrando por doquier, gente local buscando sus autos para llegar a la ciudad. Este primer encuentro nada tendrá de interesante después de diez días de pisar las huellas del pasado y presente de la India, lo que estamos por vivir no se compara con ningún otro viaje, ni con ninguna otra experiencia, por lo que vale la pena explicar a detalle lo que mis sentidos experimentaron y lo que pude compartir con mi amado compañero de travesía, somos dos los impactados con esta cultura arraigada en sus costumbres, pero hambrienta de pertenecer al mundo occidental.

NUEVA DELHI: se presentó ante nosotros con una pobreza desesperanzada, personas sobreviviendo el hambre y la basura en la calle, hombres sin ninguna actividad mirándose los unos a los otros, insectos recorriendo la piel de los dormidos; el hambre del turismo luce un color desteñido en esta época veraniega, pues nadie se acerca al sudor y al calor que quema el cuerpo y mata los pies, por lo que el tiempo transcurre lento, entre el vaivén de lo cotidiano.

Me parece inconcebible que siendo la capital del país viva en esta miseria que se llora con el cuerpo de todos los desvalidos que caminan por las calles, resignados a vivir su destino como si de religión se tratara el hecho de prosperar o morir siendo un mártir sin un peso en la bolsa. Osho decía que las ideas y la religión en la India estaban sepultando al país, concuerdo con él, no dejo de recordar el café internet polvoriento en el que mandamos un mail, o el Starbucks del Connaught Place, en donde sólo conviven los juniors, mientras afuera conviven los que no tienen para un pedazo de pan ese día, dispuestos a pasar la tarde mirando el sol sin cruzar los dedos.

Sin embargo, hay unos cuantos que impulsan la economía de la región, esos que viajan en un subterráneo bastante limpio y moderno, vestidos al estilo occidental, pero con una reminiscencia de su historia en los pies calzados con sandalias (facilidad para la oración en el templo), deseos de progreso se miran en sus ojos, aunque no sé hasta donde les alcance, ni mucho menos si el día de mañana saldrán corriendo, cual fuga de cerebros, para pertenecer a una corporación de informática en los Estados Unidos de América.

Es importante acercarse a la India para mirar no sólo su realidad impactante y contrastante, sino también esa pequeña magia que destilan las paredes de sus edificios majestuosos, para ver sus detalles desde el lente de una cámara fotográfica, para conocer la influencia de las diferentes culturas -mogol, persa, inglesa- que se depositaron en cada uno de estos sitios para no morir, sino para convivir en armonía. Hay unos cuantos sitios turísticos vacíos que nos permiten disfrutar de un remanso de paz, su belleza es incomparable con otros que he visitado en diferentes partes del mundo, aun cuando la falta de cuidados ha hecho estragos en las paredes húmedas…tibias. Sobresale la sutileza rojiza de la Tumba de Humayun, la belleza impasible del Templo del Loto, la magnificencia casi apagada de la Mezquita Jama Masjid y el Fuerte Rojo, que se impone entre los mercados de telas, especias, comida y artículos en general; cada uno lo visitamos con el hambre de experimentar cosas nuevas, de mirar nuevos cielos con ojos críticos, pero con un romanticismo impreso,

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AGRA: la primera vez que soñé con ir a la India fue para visitar el Taj Mahal, así que nos encaminamos en tren hacia la tierra que le da cobijo eterno. Este viaje fue de lo más particular porque mientras desayunábamos un largo menú en la cabina de primera clase, mirábamos a la gente que vive a las orillas de las vías, también pobre, también resignada, gente que mientras busca descargar sus necesidades fisiológicas, observa el paso del tren y de la vida, como si nada importara o como si sólo importara la parte del destino que les da la esperanza de una reencarnación en algo mejor, después de haber saldado las cuentas pendientes con el Karma.

Esta ciudad no dejó de ser igual que Nueva Delhi, o tal vez peor, porque aquí la gente es más pobre y la ciudad se ve entre escombros; pero caminando unos pasos entre esa destrucción provocada, se levanta incólume la tumba construida por el emperador musulmán Shah Jahan para su esposa favorita. El Taj Mahal es una obra de arte digna de ser admirada por todos los ojos del mundo, los detalles en su construcción, su simetría, su blanco resplandeciente que convoca a la iluminación. Hay un antes y un después de la visita a este lugar, las personas que vinieron de todas partes de la India caminan cuidadosamente alrededor de sus paredes, todas con una devoción que se nota en sus rostros, en sus sonrisas y en su ropa cuidadosamente escogida para esta ocasión. Nos quedamos a admirar el colorido impreso por las vestimentas de los visitantes locales, para absorber todos los resquicios de este lugar, que llevo en mi corazón a partir de ese día, atesorándolo como un recuerdo sublime de este viaje.

No cabe duda que vale la pena viajar veinte o treinta horas únicamente para visitar el Taj Mahal, pero no debo menospreciar que en esta misma ciudad se encuentran otros lugares hermosos, cuya visita es imperdible y que nosotros no desaprovechamos. Uno de ellos es el Fuerte de Agra, que también es digno de admiración por la combinación en los estilos arquitectónicos, por los jardines verdes tan cuidados para que las familias vengan a juguetear con sus hijos; el Mausoleo de Itimad-Ud-Daulah, que a pesar de ser pequeño comparado con el Taj Mahal, es un maravilloso representante de la arquitectura en mármol blanco. También muy cerca de Agra, está la ciudad de Fatehpur Sikri, que visitamos entre el sudor de la tarde y el sopor provocado por el sol resplandeciente. Esta visita fue como un parpadeo, pero agradecimos tener la oportunidad de conocer un lugar en el que convive la religión con el gobierno en unos pocos metros; prueba de ello fue que para la visita de un funcionario gubernamental, la ciudad se cubrió de nuevas alfombras y la mezquita se cubrió de flores, con la ilusión de que el funcionario pensara que las cosas “marchan sobre ruedas”, cuando la realidad es distinta y todo se cae a pedazos.

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JAIPUR. Sin duda es la más bonita de todas las ciudades que visitamos en la India, no sólo porque sus calles son más limpias, sino también porque todas las casas y negocios de la parte antigua están pintados de un rosa-anaranjado, como un símbolo de su hospitalidad. En Jaipur sí se advierte el progreso, hay escuelas, calles pavimentadas, centros comerciales, hoteles, gente trabajando en sus negocios.

A pesar de que dormí como una piedra toda una tarde, al día siguiente pudimos recorrer sus calles, visitar algunos de sus templos y lugares más importantes: el observatorio de Jai Singh, en el que el tiempo se detiene entre sus vastas construcciones para contarnos que la India también sabe de ciencia astronómica; el esplendoroso Palacio de la Ciudad, el que no deja de ser un recordatorio de la marcada diferencia de clases al derramar tanta riqueza, el Jantar Mantar con sus formas complejas y genuinas, así como el también hermoso Palacio de Amber, situado a unos kilómetros del centro de la ciudad, al cual subimos en un elefante que amablemente nos permitió realizar el viaje en su espalda, para vivir una de las sensaciones más positivas del viaje.

Nos alegramos de visitar un lugar tan colorido y tan uniforme, parece que aquí se vive otra realidad, aun cuando los hombres en sandalias y las mujeres vestidas con sari nos hacen ver que seguimos en la India. Este sitio es un ejemplo evidente de que se puede avanzar sin perder la identidad y la integridad, sin dejar las creencias o la religión atrás, sus particularidades que comienzan con su color de piel y terminan con la imagen de Ganesha ubicada en todas las puertas.

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UDAIPUR.  Antes de pisar esta tierra, a la que quise besar una vez que logramos llegar, conocimos la ciudad de Chittorgarh, en la que definitivamente se tiene que hacer una parada entre los changos y los templos para contemplar un poco del paisaje que nos brinda esta fortaleza, la que me recuerda un poco al Castelo dos Mouros en Sintra, ambas edificadas sobre una montaña, ambas fortificaciones de protección.  Si bien disfrutamos caminar por estos templos, me preocupó bastante el estado en el que se encuentran, ya que nadie los cuida, ni tampoco están protegidos, así que temo decir que en un futuro probablemente quedarán sólo deidades entre ruinas.

Llegar a Udaipur fue un logro, después de que nuestro apoyo en el volante fue cabeceando durante las ocho larguísimas horas que duró el viaje. Una vez que respiramos aire fresco en Chittorgarh, continuamos un camino de canciones para nuestro amigo Pashkar, evitando que cerrara los ojos que nos daban camino. Esta ciudad nos recibió entre lagos y una boda hindú en el hotel que no daba tregua para conciliar el sueño, por lo que aprovechamos un día completo para descansar y comer, los demás los dedicamos a conocer un poco de su cultura, caminando tranquilos por su Palacio, el cual también dista mucho de la realidad de su gente: joyas, armas, música, arte y adornos engalanan sus salones, nos dejan ver que sólo unos pocos privilegiados disfrutan mientras los demás tienen que acallar sus voces para no gritar de hambre por las calles, para no perder los estribos porque no ha logrado vender ni una sola pieza de mármol falso.

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MUMBAI: sí que representa el broche de oro del viaje a la India, pues no dejo de pensar que lo blanco y lo negro, el mal y el bien, la luz y la oscuridad convergen en esta ciudad. Es inconcebible que en una esquina esté la agencia de la Rolls Royce, en la contra esquina esté un edificio cayéndose a pedazos por la humedad que cala los huesos y en la otra acera haya un centro comercial con tiendas lujosas, mientras la mayoría de la población se estira en su casa de dos por dos metros, para que por un lado salgan sus pies y por el otro sus manos.

En Mumbai nos alcanzó el monzón, así que diluvió por dos días enteros dándonos sólo un poco de tregua para mirar, a través de la ventana de un taxi, los niños que van a la escuela, los adolescentes que caminan a lo largo del malecón, los edificios viejos estilo inglés que están en el centro de la ciudad, la Puerta de la India, la Universidad, el planetario, así como cruzar un puente larguísimo y muy moderno que conecta toda la ciudad.

Hoy, lejos de la India, me siento agradecida de haber pisado sus calles, nada de lo que pueda decir se compara con la experiencia de estar allá, de vibrar con su gente, de pelear con los estafadores, de sudar en sus sitios turísticos. No cabe duda que este país no ha florecido como Gandhi algún día lo pensó, la libertad les ha quedado grande, pese a toda la sumisión y explotación a la que han sido expuestos. Parece que todos tienen una venda en los ojos, no ven la realidad más allá de su siguiente vida, como si la vida actual no importara para nada, como si ésta fuera un tránsito y no más.

A esta gente le falta creer en si misma, levantarse de esos escombros, limpiar sus casas, limpiar su cuerpo y luchar…brillar…hacer uso de toda esa espiritualidad en su beneficio, evitando que sus ideas los sigan sepultando entre sus templos y palacios.

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Esta entrada se publicó el agosto 14, 2013 en 7:26 pm y se archivó dentro de Diario de los Viajes. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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