Santa

La habitación tenía una claridad matutina que lastimaba los ojos, con dificultad se lograban distinguir las paredes blancas, la cama perfectamente tendida, los pequeños adornos traídos de distintas partes del mundo, las flores depositadas en receptáculos alrededor. En el fondo de la misma, sentada sobre un sillón de terciopelo rojo sangre, estaba Santa. Era una mujer bellísima, tenía una sonrisa genuina, gestos bondadosos, una larga cabellera amazónica y ojos con una profundidad oceánica. Sin embargo, esa sonrisa y esos gestos se borraron lentamente, comenzamos a notar un cambio en ella, se sentaba largas horas en soledad, con la mirada perdida en el vacío, casi no probaba bocado y prefería no pronunciar palabra ante la pregunta curiosa de nosotros, los espectadores de su depresión.

Atribuimos las actitudes de Santa a la muerte repentina y sin razón de todos los animales de la hacienda, había llorado días y había maldecido a Dios por tanto infortunio, pues este evento nos recordó que un mes antes habían fallecido, también repentinamente, varios recién nacidos del pueblo, los habían encontrado a las orillas del río que bordea la ciudad, con un hoyo en la frente, así que todos estábamos escandalizados, con un dolor que no se soportaba y con un odio que se sentía por las calles. La realidad era que Dios nos había olvidado, pues los horrores que vivimos después, sólo se pueden explicar a partir de habernos quedado solos y expuestos a una maldad indescriptible.

Todo comenzó esa noche de junio, una semana después de la muerte de los animales, Santa se recostó en la cama, tratando de conciliar el sueño, escuchó un crujido extraño que la puso intranquila de inmediato, abrió los ojos lo más grande que pudo, pero no logró ver nada con la luz mortecina que se filtraba por la ventana, supo que ese algo se aproximaba a ella cuando se sentó en la cama -ella seguía sin ver nada-, comenzó a recorrer las sábanas, entonces lo sintió en la piel, era un hombre o lo más parecido a uno, tenía uñas largas, afiladas, unos cuernos gigantes que ella tocó sin querer y cuya sensación le provocó convulsiones de terror.

El sujeto se posó a su lado, susurró su nombre y pronunció las siguientes palabras: “vendré por ti la tercera luna llena después de ésta, no hay ningún camino por el que puedas escapar, los conozco todos, nadie te puede ayudar, mataré a todo aquél que se interponga entre nosotros, a partir de hoy tu alma le pertenece a Satán, mi maestro, así lo ha decidido al ver tu sonrisa corrupta, eres como él, el mal encarnado, aun con tu cara de ángel y ese será tu destino, vivir en el infierno con cadenas de diamante”.  Inmediatamente después emitió un grito que se escuchó por toda la casa, se abrió la ventana de par en par y salió corriendo como un perro, saltando al jardín para desaparecer con la noche.

Al día siguiente, Santa comenzó a ver imágenes religiosas, vírgenes llorando sangre, mártires con estigmas, hombres dándose azotes, escuchaba una voz en su interior que le llamaba pecadora, el ambiente olía tanto a azufre que estaba mareada y un tanto confundida, le ardían las entrañas, como si hubiera tragado veneno y la estuviera consumiendo por dentro, trataba de cerrar los ojos para ya no sentir, pero en esa oscuridad aparecían rostros inhumanos que la llamaban, entonces esas pesadillas cobraban vida, la jalaban de los pies, de la ropa, del cabello, era como si quisieran enterrarla viva. Para tratar de evitar este sufrimiento se encerraba en su habitación, tomaba sedantes que la mantenían en un estado de inconsciencia profunda, no permitía que cruzáramos la puerta, pues decía que en la menor oportunidad, el diablo vendría por ella.

Así transcurrió un mes entero, hasta que una noche, después de la primera luna llena, se escucharon lamentos en el jardín, Santa levantó el rostro para observar por la ventana lo que ocurría, del otro lado del cristal estaba el mismo demonio que dictó su sentencia de muerte, la miraba de frente, con el rostro ensangrentado, sonriendo lastimosamente, burlándose de su víctima; después puso su dedo índice en señal de silencio y desapareció entre la neblina que cubrió la hacienda repentinamente. Esa noche su hermano menor murió, lo encontraron cubierto de sangre en el sótano, le habían quitado los ojos, tenía una señal inusual en la frente, con un mensaje escrito en un lenguaje antiguo que no pudimos descifrar y las manos en señal de plegaria. Santa corrió hacia él, lo abrazó, pero no lloró, no gritó, no se enojó, sólo miró al cielo con los ojos desorbitados, hablando en un lenguaje que nadie entendió, pero que a todos nos provocó escalofrío.

A partir de ese día rara vez salía de su habitación, no dejaba que nadie se le acercara, cuando lográbamos entrar a su guarida escuchábamos que hablaba hacia el espejo con ese lenguaje extraño, entonces cerraba los ojos y los objetos comenzaban a moverse a su alrededor, se escuchaban otras voces que no sabíamos de dónde provenían, la casa completa se estremecía.

La segunda luna llena no pasó en vano, una mujer tocó a la puerta a medianoche, cuando abrí me dí cuenta de su particular belleza, era alta, muy blanca, rubia, tenía un tatuaje de cruz en la frente, me preguntó por Santa, dijo que tenía un mensaje para ella, cuando estuvieron frente a frente se sonrieron, la mujer le guiñó el ojo y le dijo: “ya falta poco, he venido a matar a los infieles”. Extendió sus brazos, comenzó un viento fortísimo, se abrieron puertas y ventanas de par en par, Santa fue expulsada hacia una esquina, varios corrimos hacia ella, otros más prefirieron huir por donde pudieron, pero la bruja se puso entre ellos y le prendió fuego a su ropa, nos conmocionó el llanto de los quemados, sus gritos que ahogaban la habitación, lucían como apariciones monstruosas provenientes del insomnio; la bruja arañó las paredes y los cuadros, rompió los cristales, prendió la noche a la luz de una luna rojiza que predecía el final de nuestras vidas.

La mañana siguiente, después de levantar los escombros de lo poco que quedó de la casa, preferí salir hacia el bosque, muy cerca del río estaba Santa, sentada con una quietud alarmante, cuando me acerqué me miro con unos ojos que no reconocí, estaba diferente, me habló con una voz silente: “anoche, cuando los cuerpos se quemaban, la bruja abrió mi mente e hizo que recordara las atrocidades que cometí…es cierto…soy el mal encarnado, yo maté a los recién nacidos, me aparecí en sus casas antes de que saliera el sol para secuestrarlos y una vez que los traje aquí, precisamente a este lugar en el que estoy sentada, les chupé la sangre hasta dejarlos sin vida, después me arrojé junto con ellos al río para borrar todas las huellas, sin embargo, la corriente nos trajo nuevamente al mismo punto, así que regresé a la casa, me lavé el cuerpo y me senté en el sillón hasta que vi el amanecer brillante…fue el momento en el que olvidé todo…También me recordó que maté a los animales, oía unas voces en mi mente que me decían lo que tenía que hacer hasta que ella llegó y me ayudo a colgarlos de los ganchos en los que los encontraron, a partir de ese día sólo me quedó el lenguaje extrañó en el que me has oído hablar, es una señal de que el mal viene por mi”. Al decir ésto, traté de correr, pero ella me agarró del cuello con mucha fuerza, se me acercó al oído para decirme: “Sí, debes tenerme miedo, hoy morirás”, entonces me clavó un trozo de espejo en el estómago, dejándome mal herido para morir tres horas después, en una agonía en la que sólo vi su rostro burlarse de mi sin control…

Lo que siguió después de ésto fueron noches enteras de terror, comenzaron a venir demonios de diferentes clases, ya no sólo a la hacienda, sino también al pueblo, las huestes del diablo parecían enormes, se aparecían en los espejos, acechaban a la población en el bosque, a plena luz del día, se sentían victoriosos cuando los hacían tenderse en el suelo hasta verlos llorar como niños asustados, su sello distintivo era encerrarlos en el sótano de sus casas por horas, con sólo una vela y unos cerillos, cada vez que la prendían veían sus rostros perversos o veían a Santa, sentada en una esquina, con un trozo de espejo en la mano, cuando la apagaban los torturaban con la cera caliente, no había escapatoria posible, pues al día siguiente de estar encerrados, morían inevitablemente.

Santa volvió a la hacienda la tercera noche de luna llena, ante la mirada atónita de varios sobrevivientes. Estaba irreconocible, traía un camisón blanco que no se había quitado en días, el cabello enmarañado, los dedos cortados; se encerró en su cuarto y ahí espero a que se ocultara el sol, una vez que comenzó la oscuridad, salió corriendo hacia el bosque, se escuchaban rugidos detrás de ella, así como hojas secas partirse con pisadas que se acercaban cada vez más. Todo se volvió confuso, ella sacó el trozo de espejo de entre sus ropas y se lo clavó en los ojos; todo se volvió silencio, sólo se escuchó el borboteo de la sangre que manchaba su camisón, que le corría hasta los pies. De pronto, las pisadas se callaron, ella sabía que estaba cerca, así que antes de que la atrapara, le gritó: “soy mejor que tú y que él, ya no tengo un destino, ni un infierno que mirar, así que me largo, vete al diablo”. Al decir esto, se arrojó al precipicio que tenían delante, calló entre las rocas del río partiéndose en dos. El demonio, atento a lo ocurrido, soltó una terrible carcajada: “pobre Santa, tú misma te has entregado a nosotros, pero ahora vivirás condenada a esta tierra, azotarás a la población con tu última imagen, vivirás en el sótano de cada casa, en el espejo de cada habitación, matarás en la oscuridad con ese trozo de espejo que te quito los ojos, vive ahora, vive siempre, el infierno te espera”

Yo le sugiero a usted, mi querido lector, que a partir de hoy no entré al sótano de su casa y procure no mirarse en un espejo cuando esté en la oscuridad de una habitación, pues pudiera ocurrir que Santa lo esté esperando, para entregarlo a Satán, su maestro…

Esta entrada se publicó el agosto 23, 2013 en 11:33 pm y se archivó dentro de Cuentos negros. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

Un pensamiento en “Santa

  1. Me gusto, buen planteamiento, desarrollo, buenas imágenes, ***

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