Francia. La belle époque.

Llevaba largo rato sentada en una banca, contemplando mi sueño hecho realidad, hacía tanto frío que tenía congelados los pies y las manos, con dificultad podía mantener las ideas tibias…no podía creer que estaba aquí por una “casualidad”. Llegué a París esa tarde, decían que la única manera de volver a mi tierra era por el Charles de Gaulle, gracias a la tormenta de nieve que azotó Europa en el invierno de 2009 y que mantuvo cerrados los aeropuertos más importantes, así que no dude en comprar un boleto que me llevara a ese destino…

Esa noche fría y nevada, sentada a orillas del río Sena, lloré frente a la Catedral de Notre Dame, un tanto porque sabía que estar ahí había sido mi sueño desde mi adolescencia, otro tanto porque no sabía cuándo volvería a casa, un poco más porque me quedaban unos pocos euros en mis bolsillos para comprar el pan de cada día. Decidida a disfrutar de esta semi-tragedia llamada “a un paso de la indigencia”, contemplé estupefacta las luces que salían de los vitrales de esa emblemática Catedral gótica, admiré las gárgolas o quimeras (como prefieren llamarles algunos) que custodian el lugar, recordando a los transeúntes que para ir al cielo o al infierno sólo hay un paso, una decisión mal tomada y un parpadeo; el tiempo se detuvo por un instante para que pudiera grabar en mi mente la perfección de su arquitectura, la sutileza de sus formas, de sus arcos, de sus grandes rosetones, así como sus detalles eclesiásticos distribuidos por doquier.

CND

Después de este romance parisino a primera vista, caminé unos pasos hacia una cafetería que me recibió con los brazos cerrados (a veces no se cree que muchos europeos tienen cara de pocos amigos, y actúan como tal, hasta que se vive en carne propia el mal servicio en sus establecimientos); sin embargo, no eran esos detalles los que robaban mi atención, sino el pollo con papas a la francesa que arribó a mi mesa para saciar mi apetito feroz, comí con el arte y la prestidigitación de los verdaderos expertos comensales, para poder salir corriendo del lugar a refugiarme del frío atroz que rugía desde las plazas públicas hasta la estación del subterráneo de Saint-Michel.

Al día siguiente, con las maletas en la mano, el Charles de Gaulle no tuvo misericordia de mí y me regresó a las calles parisinas, aun más pobre que el día anterior, pero con deseos de seguir haciendo recorridos nocturnos, así que esa noche me refugié en un pequeño restaurante del barrio de Montmartre, el bouef bourguignon no le hizo justicia a mi revolución, ni siquiera los elogios de los parroquianos habían aminorado el sabor del típico platillo francés mal elaborado por un cocinero enamorado, por lo que lo consumí a regañadientes, pensando en que hubiera sido mejor pedir dos raciones de sopa de cebolla, esa sí que me había consentido con su sabor.

Agradecí el aire helado que respire después de la cena, hacia falta recobrar energía, por lo que caminé hasta la iglesia del Sagrado Corazón, iluminada en un azul que reflejaba la pureza de su construcción, cómo un corazón de piedra puede ser tan iridiscente -pensé-, varios minutos después decidí bajar apresuradamente por las escalinatas que me llevaron hasta la calle que hospeda el Moulin Rouge (lo que supe después), tomé el metro hacia el Parc des Expositions, donde dormí unas ocho horas antes de volar hacia México, una larga y penosa travesía me hizo pensar que no volvería a París nuevamente hasta que tuviera el dinero suficiente para andar por sus calles sin temor a perder el último euro por la ranura de mi bolsillo roto…

Dos años después, iba de camino a París en el Eurostar que atraviesa el canal de la mancha, quería romaticismo fresco impregnado de invierno y olor a crepas de nutella con plátano. Recorrí París con pies de plomo, caminé por casi todas sus calles, desde la Gare du Nord hasta Alexandre Dumas, desde Alexandre Dumas hasta Les Champs Élysées, desde el Arco de Triunfo hasta el Museo de Louvre, devoré su cultura en ocho días, probé el típico petit-déjeuner francés consistente en un croissant con un café aromático, compré panes baguette en la boulangerie  del distrito vigésimo de París, en el que la novia de un amigo siempre me brindaba una sonrisa, caminé entre los artistas de Montmartre,  escuché música frente al Sagrado Corazón, me diluvió en la vista panorámica de la Torre Eiffel, cené comida hindú en el barrio de inmigrantes, entre las tropas de negros, indios y europeos del este que me miraban como la nueva adquisición del distrito, experimenté un nuevo golpe de amor en el interior de la Catedral de Notre Dame, soñé despierta frente al Hotel de Ville, comiendo un helado mientras veía cómo giraba un carrousel iluminado.

paris

Realicé un recorrido mortuorio entre las tumbas de Jim Morrison, Oscar Wilde y Edith Piaf en el Père-Lachaise, donde nunca encontré a Maria Callas, por más que quise verla para regalarle una rosa; entre las tumbas de Charles Baudelaire, Jean-Paul Sartre y Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse; en las Catacumbas oficiales, en las que vi millones de huesos trasladados a ese cementerio subterráneo alrededor del año 1870 ; en las catacumbas clandestinas, a las que mis amigos y yo tuvimos que entrar de noche por la vieja vía de un antiguo tren que cruzaba París, con una poca de luz de linterna para ver entre los pasadizos secretos que nos llevaron al graffiti convertido en obras de arte, a inundaciones y a una convivencia con muchísimos parisinos que se aventuran a recorrer los túneles todas las noches.

Fui feliz con el dulce trato recibido por mis amigos parisinos y uruguayos que conocí en la ciudad, pero era tiempo de seguir, así que me encaminé hacia el Palacio de Versalles, a través del RER. Es poco lo que puedo decir de este lugar comparado con todas las sensaciones que produce en el ser, esta armonía de formas, el lujo convertido en candelabros, camas con dosel y muebles aterciopelados, la calidez de sus jardines con fuentes, aun con el paisaje de naturaleza muerta del invierno; caminar por estos senderos me recordó diversos pasajes de la historia de Francia que iniciaron y concluyeron aquí. Decidí que era momento de emprender un recorrido por los castillos de la región de Pay de la Loire, un poco de conocimiento de la realeza no le haría daño a mi viaje espiritual.

chandelier

El tren me llevó desde la Gare de Lyon hasta Blois, qué maravilla de pueblito -concluí-, di largas caminatas por sus calles, comí salchichas con mostaza Dijon, me senté a contemplar su castillo edificado en tres estilos diferentes, admiré fijamente a los parroquianos a través de la ventana de un restaurante que me convido un poco de entrecôte con una bebida refrescante. Qué agradable fue contemplar la vida en un lugar donde nadie me conocía y nadie hablaba mi idioma, pase varios días sin cruzar palabra con nadie, sólo me comuniqué a través de símbolos y señas aprendidas en el camino.

En ese tono visité los castillos de Chambord, Cheverny y Chenonceau, edificaciones fastuosas que sí fueron dignas de reyes, atravesé casi dieciocho kilómetros  a pie hasta llegar al castillo de Chaumont, moribunda subí sus escalinatas, cruce sus grandes jardines hasta llegar a una edificación tan idílica como el castillo de una princesa de cuento, valió la pena el no poder levantar un dedo al día siguiente y agradecí que para regreso a Blois el tren haya recogido los restos de mis pies en la estación de Onzain. Días después caminé alegremente por Amboise, lugar en el que visité el bellísimo castillito que habitó Leonardo Da Vinci hasta su muerte, el Close-Lucé me recibió con las replicas de los inventos de ese caballero ilustre, quien dicho sea de paso, recorría un pasadizo secreto para llegar al castillo del rey de Francia, Francisco I, con quien pasaba largas horas de puro amor y quien recibió la muerte de su amigo en los brazos (cual tragedia de Shakespeare).

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Un martes por la mañana, con todo este romance derretido en un pan pobre, me despedí de Francia en la estación de trenes Les Auibrais-Orleans, con un montón de historias que eché a mi maleta de viajera hippie y con la promesa de visitarla nuevamente en alguna primavera o verano, para contemplar el resplandor floreciente de los árboles y las flores de los jardines que están por doquier…es un sueño, lo sé, pero también sé que se hará realidad.

À bientôt

***Muchas gracias a mi buen amigo Kolin Goncalves, quien me autorizó para utilizar sus fotos en esta publicación. Yo perdí todas las que tomé, gracias a un ladrón que me robó la bolsa durante el viaje.

Esta entrada se publicó el septiembre 20, 2013 en 3:44 pm y se archivó dentro de Diario de los Viajes. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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