Triquiñuelas viajeras: Barcelona

 

Barcelona es un lugar de fiesta, de vida, de Gaudi hasta en la última piedra y el último euro; sin embargo, tienen una delincuencia peculiar, que no le importa a los policías, ni al personal de la estación de tren, ni a nadie, el mundo convive en santa delincuencia alrededor de la majestuosidad de la Sagrada Familia.

Así, su encantadora escritora de buró llegó a Barcelona, después de un trayecto largo de tren por la Francia, que cruzó la frontera una noche de febrero. Me instalé en un hostal y rápidamente conocí a una amiga brasileña con la cual pase las tardes en esa bella ciudad. Uno de esos días, decidimos entrar al Domino’s Pizza que está en una esquina de la calle X, allí comimos unas buenas rebanadas de pizza de pepperoni mientras mirábamos las fotos que habíamos tomado ese día, a mi se me ocurrió dejar mi bolso en la silla que estaba de mi lado, que por cierto estaba pegada a la pared y prácticamente fuera de la vista de los curiosos. Sin embargo, jamás me imagine que uno de estos desalmados lo alcanzaba con su mano, sin que nadie pudiera verlo (ni siquiera yo), así que se lo llevó, porque creyó que mis cosas valiosas estaban dentro y que se haría rico con los miles de euros que traía bien empacados en diferentes denominaciones, embolsados debidamente para su correcta utilización.

Inmediatamente me di cuenta del suceso, pues un señor me gritó: “se lleva su bolso”; con rebanada de pizza en mano corrí a la entrada, nadie por aquí, nadie por allá, nunca deje de comer, obvio, las penas con pan son menos. Afortunadamente para mi, desgraciadamente para el ladrón, mi dinero estaba conmigo, no los miles de euros, sólo la cantidad suficiente para sobrevivir en el frío invierno español. Mi amiga y yo decidimos encaminarnos a la estación de policía, no porque inocentemente pensáramos que el tipejo estaría entregándose con mi bolso, declarando su culpabilidad, sino porque lo único realmente valioso era un billete de tren a Madrid, de 120 euros; cualquier viajero comprende que esa cantidad no se puede desperdiciar de ninguna manera, así que creí que el reporte de policía lograría que me expidieran otro.

Al llegar a la estación, después de tomarme mis generales y preguntarme lo ocurrido, así como la larga lista de pertenencias que traía conmigo, me dijo el policía seguro de si mismo: “es que todos los que vienen a Barcelona saben de los pick pockets, es algo común con lo que vivimos y nosotros no podemos hacer nada ante eso”. Vaya -pensé- esto es más o menos como en mi país, veo el tercer mundo asomándose por la ventana, y sí, nada hizo, más que regalarme la copia de mi denuncia, que aun conservo en mi libro de recuerdos del viaje. Una vez concluida la diligencia sugirió: vaya a buscar en los grandes cubos de basura afuera de la calle X, normalmente si nada vale, los ladrones ahí tiran lo que roban. En mi interior solté una carcajada, truhanes, pero hice caso al consejo y me fui directo a buscar en la basura. Luego de llenarme de mugre hasta el cuello, con cáscaras de plátano e ingredientes de pizza echados a perder en mis ropajes de oro, me di cuenta que no lograría nada, así que salí de los cubos y me fui a la estación de tren (es una dramatización para que piense que mi relato es súper interesante, sí busqué en los contenedores, pero no me metí a ellos, sería una loca).

Corrí a la estación, aun con esperanza, pero ahí tampoco les importó el robo, ni mi corazón adolorido, malditos capitalistas -volví a pensar-, así que tuve que comprar un nuevo boleto de tren, más caro y en una clase inferior, sad but true.

Camino al hostal observé una escena bastante peculiar, estaban una pareja de japoneses tratando de hablar con un policía, se veía que no entendía nada de lo que le decían, como buena chismosa y compañera de viaje, cruce la acera para apoyar a los desvalidos. Ellos decían que unos hombres vestidos de policía los habían asaltado y que incluso los habían llevado al cajero automático para bajarles su lanita, al más puro estilo de “western mexicano”, sin duda recordé una escena similar vivida en Londres, sentí escalofrío, hice la traducción correspondiente y me despedí deseando suerte a mis compañeros de desgracia.

Lo que me dejó Barcelona, además de mucho amor por Gaudí, fue pensar que la delincuencia es muy común en sus calles, desde el típico que roba la bolsa hasta algo más avanzado, pero a la policía no le importa porque saben que de una u otra forma, volveremos a su ciudad con la esperanza de ver terminada la Sagrada Familia, qué son unos euros menos si lo que importa es llenar de riqueza el corazón, motherfuckers!

 

Esta entrada se publicó el marzo 4, 2016 en 2:43 am y se archivó dentro de Diario de los Viajes. Añadir a marcadores el enlace permanente. Sigue todos los comentarios aquí gracias a la fuente RSS para esta entrada.

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